“El lugar de la belleza”, por Lourdes Durán

“La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes”. ¿Por qué este verso de Antonio Gamoneda se recuesta en mi cabeza cuando pienso en la pintura de Toni Barrero?

A menudo, los cuadros lanzan mensajes como aleteos de colibríes, zigzagueantes, tumultuosos, chispeantes. Apenas dan respiro. Otras veces, hay pinturas que se amansan en la mirada como los pasos de una tortuga cuando recibe la hora baja del día. Pocas veces, pero suficientes, hay cuadros colgados que no se dejan mirar, indiferentes a los ojos, perezosos del hurto visual. No ocurre ni por exceso de belleza o de su contrario, la fealdad insoportable. Yo creo que ocurre porque son pinturas que se hacen esperar. Como algunas de Toni Barrero.

Andaba yo en su taller, a los lomos del pliegue final de las montañas que cercan Sóller. Hacía frío y el pequeño hogar, situado en la esquina del estudio del pintor, era un consuelo que agradecí al instante. Un café inició el rito del encuentro. Enhebramos cigarrillos y palabras, yo depositaba mi mirada de su rostro aniñado hacia sus pinturas iniciáticas. Él me aseguraba que el color se había apoderado de su obra. ¿Son así de posesivos y tozudos los colores? Había una serie de cuadros de pequeño formato en los que apenas reparé, a pesar de estar situados a la entrada del estudio. Me levanté a ver papeles, los humildes papeles que siempre me han llamado la atención por encima, muchas veces, de las señoras pinturas. Volví a sentarme, a la charla, a las virutas de humo.

Hay un cuadro que Toni Barrero pintó años atrás, y que no vende, que se alza por encima de los demás. Es un cuadro lleno de luz porque ha logrado domeñar las sombras del negro gracias al bocado que le da a la tela la mancha de color. No me pude reprimir y en voz alta se lo dije claramente: ‘Es el mejor‘. Se puso a reír, en silencio, porque Toni Barrero se sitúa en los tonos bajos. Me relató una anécdota, de cómo un grandísimo pintor que él y yo conocemos, el día de la inauguración se pasó horas sin confiarle su opinión hasta que le dijo tajante: ‘Ese es tu cuadro‘. Quizá por eso no lo vende. Porque, de alguna manera, es su espejo. La luz y la sombra, tras el agitado duelo, tras el cruce sin piedad de floretes, en una pausa de acoplamiento total, entregado, como sólo sucede en el amor. En los remansos del amor tras la batalla perpetua.

Toni Barrero llega a la pintura inocente. No procede de aulas ni academias. Él se ha forjado en otros mimbres. Sólo el fulgor de la poesía estuvo en él de siempre. Quizá procedentes de las marismas de Huelva le llegaran ecos que sólo su mapa genético contiene. ¿Importa esto? No, es tan sólo un apunte biográfico que como tal ignora demasiadas cosas, los matices imperceptibles del alma. Una biografía no se construye a golpe de gestos, no sólo; de nosotros hablan también nuestros silencios.

Pero Toni quiso hablar un día. Hacerse un lugar. Miró entonces a sus maestros. Aprendió de ellos. Les escuchó. Ya es momento de que los abandone. ‘La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes‘, me digo una y otra vez. El sabio poeta tardó en saberlo. Démonos tiempo.

Volvamos a aquella mañana invernal entre brumas y montañas, ya sin frío, ya calentados por la chimenea esquinera. Me zafo del cuadro que me deslumbró para regresar, ahora sí con más atención, a aquella serie que me dio la bienvenida, y que yo, distraída y perezosa, planté por el cuadro negro mordido de luz. No es el color lo que importa, es el tejido de luces que se van situando entre los distintos tonos, los primarios y secundarios, el que acomoda mi nueva mirada. Así se lo digo al pintor. ‘Necesitaban su tiempo‘. Como ese caracol perezoso que rastrea entre hojarascas hilando con su baba el sendero que da pistas al observador, al que mira lento.

Lo he dicho al inicio, hay pintura que te asalta como un ‘amour fou‘, que no da tregua, que te quiere ya. Hay otras pinturas que saben esperar. Como somos caprichosos, querríamos un poco de todo, a fin de cuentas, la naturaleza nos brinda su piel mudable. Mientras en nuestros cuerpos se libran batallas contra el tapiz mortal que nos envuelve, más allá de nuestra mirada se sitúa la sombra. Sólo los valientes son capaces de mirarla a la cara.

Es la hora. Debo partir. Me voy a la ciudad. Regreso al ritmo cargado de la urbe. Vuelvo con regalos. Una nueva mirada se ha superpuesto a la memoria de mis miradas y así seguirá ocurriendo hasta que sea capaz de enfrentarme al temblor final, a esa sombra que es luz y que busca entreverarse a ese ‘lugar’ que versó Antonio Gamoneda.